Renoval

 Prólogo Nelson Torres

Desde sus inicios, la literatura de Chiloé se ha representado a sí misma desde un imaginario realista que no va más allá del exotismo o de lo pintoresco. Cronistas y narradores dan cuenta de un paisaje que normalmente se torna idílico, en el que el ojo no alcanza  a perforar la llamativa superficie, llena de ropajes folclóricos y multicolores. O arrojan a los ojos ese otro, agreste y mustio, ingobernable, naturalista. Y hay descripciones notables, como la que hace Darwin de un Castro desolado y en el que no se puede conseguir ni azúcar ni un puñal. La gran novela de Chiloé, Gente en la Isla, no hace sino desplegar la visión criollista en un relato acerca de un pueblo chilote como el de Chonchi. Rodolfo Urbina en Castro, Castreños y Chilotes pone un cierto tono romántico, ya no tan apegado a la realidad ni a la historia y, precisamente, rescata personajes, barrios, instituciones, lugares, hitos de ese Chiloé de antaño. En todos estos casos el discurso apenas si recurre a lo ficticio, lo imaginativo e incluso creativo. Quienes sí lo hicieron y lo hacen son los poetas de la generación de los 70 y 80. Y en verso. La prosa poética pareciera no acomodarles a estos hijos de los ochenta, que fue el período en el que se consolidaron como escritores.
Saavedra Gómez, entonces, no pone el pie en tierras vírgenes, porque esta senda se encuentra plagada de huellas, rastros y señales donde “otros llegaron”. Se instala, sin embargo, en otro territorio, poco explorado y con un discurso narrativo lleno de símbolos y de profundo lirismo.
De acuerdo con Iván Carrasco, hay una literatura “etnocultural” que da cuenta del imaginario étnico y cultural en aquellos espacios geográficos en que se ha manifestado una fuerte identidad, que es el caso de Chiloé. El coto, la especie de faro, sería el grupo literario Aumen, que desarrollara sus actividades entre los años 1975 y 1989, aproximadamente. Otros autores aparecen antes y no entran en este contexto: Coloane, Meza Fuentes, Sonia Caicheo, y Yolanda Lagos, entre otros. El autor de Renoval no asume ningún rasgo de los poetas o escritores anteriores y nos arroja a la cara un libro que se niega a ser encasillado en cualquiera de los llamados géneros literarios.
¿Quién o quiénes, si asumimos una lectura narrativa, serían los personajes –de acuerdo con las antojadizas estructuras que plantean los teóricos– de este insólito relato? Se escapa de los moldes tradicionales, claro, y este “yo” protagonista dialoga con las espesuras, con el paisaje que lo rechaza, lo desconoce. Pero dialoga también consigo mismo, con el hoy y el ayer. Y, de acuerdo con esta lectura, nuestro personaje asume un sinuoso viaje en busca de su identidad. ¿Por qué no hacerlo en un estilo directo, novelesco, digamos tradicional, como muchos de los personajes de Coloane, sumidos en la búsqueda de su simiente isleña, viajeros de todos los océanos y con el alma esculpida por cientos de otros mundos y culturas?
Al sumergirse en las vísceras de Chiloé, el “yo” y el texto se hunden en la presencia misma de su imaginario poético. El lenguaje del texto va de matiz en matiz: a ratos trazos de novela, de cuento, de lírica pura o crónica, Renoval es todo eso y nada de aquello, porque la corriente se dirige con furia de poema, apariencia de tristeza y arboledas tupidas hacia lo que ardía separado y debe unirse, acoplarse en uno.
Renoval es un poema escrito hacia la derecha, pero hacia el infinito, en una sola línea, sin márgenes. Incluso en los momentos más narrativos, el hablante se mantiene en un vuelo poético y planeatorio como de un ave migratoria en busca de su origen: su nombre, su cuerpo, su torrente sanguíneo, entreverado en un mundo en el que hasta las quilas merecen una explicación. Vuelo al ritmo de la tristeza. Debajo de este mundo pareciera que la muerte descansa todavía y que desde la semilla de esa mortandad se ha levantado este paisaje lleno de símbolos que se abren como mariposas, ¿han visto un tocón de árbol cuya porfía ha dado en izar sobre ese miembro mutilado otro árbol que llega incluso hasta muy cerca de las nubes? Todas las hojas, todas las nervaduras de sus hojas y su corteza hacen gala de su pasado de muerte. Eso se lleva como se carga un nudo en la garganta. Ojos de qué origen escrutan estos parajes en los que ya nada puede ser extraordinario, qué ojos, viajeros de qué etnia, uno se puede preguntar. Y a ratos, este personaje o alma o hálito de luz se aliviana como bauda y pareciera se transfigura en este gran poema.
Cuánto hay de derrota, de pérdida de savia y de memoria en los chongos que quedan de los árboles cortados o incendiados. Esa metáfora arroja sus luces por estas páginas para revelarnos que la identidad no es un río que corre por la superficie, sino que es muy de nuestros intestinos.
Estás páginas nos harán reflexionar acerca de de nosotros y lo que –capa tras capa– nos ha ido formando lentamente, e incluso tortuosamente. Y acerca de la imposibilidad de que se nos revele el mecanismo que ha ido barriendo como olas estos ropajes, estas cáscaras, y que en definitiva van dejando la desnudez que somos, la soledad, la angustia, ese montón de historia y sucesos agolpados en una forma física, como se desploma una estrella sobre sí misma.
El autor realiza este viaje, este vuelo al ras, como si toda su vida hubiera dialogado con la poesía de alto vuelo lírico y con la narrativa oral y épica de Chiloé. Pareciera uno que mira a menudo el cielo nocturno y siempre termina meditando acerca de cosas terrenales, del universo interno, tal vez más lleno de cuerpos celestes que la negrura del cosmos.
Entremos a este libro sin los prejuicios de sus ropajes. Solo dejemos que la furia de su caudal nos sumerja en las aguas profundas de Chiloé.
 
Prensa
Las últimas noticias:
http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-04-24&PaginaId=76&bodyid=0
La Tercera:
http://voces.latercera.com/2015/06/06/juan-manuel-vial/una-herida-llamada-archipielago/
Letras S5:
http://letras.s5.com/cher271115.html

Sobre el autor:
José Joaquín Saavedra Gómez
(Santiago, 1985)
Antropólogo y magíster en estudios latinoamericanos de la Universidad de Chile. Ha publicado el ensayo Mirar, escuchar, callar en la colección Etnografías del siglo XXI de la DIBAM (2011), y el cuento “Las nubes deshechas” (Estados Disociados, 2014). Vive en Temuco.